Me fui de viaje
con mis padres al campo. Como habrán de imaginarse, me llevé la computadora,
donde comencé a escribir memorias del viaje para poder publicarlas aquí más
tarde. Quién se iba a imaginar que en una extraña sucesión de eventos
terminaría yo escribiendo esta entrada de blog en lugar de las anécdotas
turísticas del lugar al que fuimos.
Lo primero fue
que se sobrecalentaron las llantas. Yo les había dicho que revisaran bien, que
buscaran información sobre neumáticos antes de salir, que si íbamos a ir en
auto, pues valía la pena. Pero no hay quien escucha a la menor hija cuando son
los mayores los que están a cargo. Así que pasó: se recalentaron las llantas y
hubo que parar en un restaurante a medio camino, en medio de un pueblo sabe
dios dónde. Ha de haber sido en el culo del diablo, como dice una amiga
mexicana, porque hacía un calor espantoso.
Me senté en el
restaurante y, para sorpresa mía, vi un cartel que decía que había red de wifi disponible. Así que ni
lenta ni perezosa, saqué mi netbook para comprobar la velocidad, pretexto para
revisar los mensajes de Facebook que me llegaron durante las 4 horas recorridas
hasta el momento. No sé qué habré hecho en ese momento, qué habré oprimido o
incluso si habrá sido la conexión a internet tan extraña o qué demonios pasó.
Nadie se espera que haya un geniecillo de computación en un paraje tan aislado,
pero si lo había, era hacker y no se le ocurrió mejor diversión que molestar a
mi computadora. Primero me comenzaron a llegar un montón de solicitudes de no
sé qué, pop ups que no había visto en mi vida, en fin. Yo desesperada tratando
de regresar todo a la normalidad y mis padres, habiendo concluido su pausa de
media hora, querían volver al camino y yo, desesperada, sin saber qué hacer.
Durante ese
tiempo, no sé cómo se habían agenciado herramientas para sacar los neumáticos
del auto y meterlos en agua para refrescarlos. Hasta que terminaron y ya
estábamos listos para seguir, yo ya tenía la firme convicción de que tendría
que formatear mi computadora, perdería todo lo que había escrito del viaje
hasta ese momento – sin mencionar que no podría escribir nada más – y que había
sido un error garrafal elegir un antivirus gratuito por sobre un antivirus
decente. (Por cierto, que los que no quieran cometer este error siéntanse
libres de hacer clic aquí para ir a la página de Norton, mi nuevo antivirus).
Y es por eso que
ahora escribo, aunque sea, la única anécdota que se pudo relacionar con mi
afición tecnológica. De cualquier modo, ya nos hacía falta pasar un tiempo sin
electricidad… creo.