Donnerstag, 21. Juni 2012

les dije, me dijeron



Me fui de viaje con mis padres al campo. Como habrán de imaginarse, me llevé la computadora, donde comencé a escribir memorias del viaje para poder publicarlas aquí más tarde. Quién se iba a imaginar que en una extraña sucesión de eventos terminaría yo escribiendo esta entrada de blog en lugar de las anécdotas turísticas del lugar al que fuimos.

Lo primero fue que se sobrecalentaron las llantas. Yo les había dicho que revisaran bien, que buscaran información sobre neumáticos antes de salir, que si íbamos a ir en auto, pues valía la pena. Pero no hay quien escucha a la menor hija cuando son los mayores los que están a cargo. Así que pasó: se recalentaron las llantas y hubo que parar en un restaurante a medio camino, en medio de un pueblo sabe dios dónde. Ha de haber sido en el culo del diablo, como dice una amiga mexicana, porque hacía un calor espantoso.

Me senté en el restaurante y, para sorpresa mía, vi un cartel que decía que había red de wifi disponible. Así que ni lenta ni perezosa, saqué mi netbook para comprobar la velocidad, pretexto para revisar los mensajes de Facebook que me llegaron durante las 4 horas recorridas hasta el momento. No sé qué habré hecho en ese momento, qué habré oprimido o incluso si habrá sido la conexión a internet tan extraña o qué demonios pasó. Nadie se espera que haya un geniecillo de computación en un paraje tan aislado, pero si lo había, era hacker y no se le ocurrió mejor diversión que molestar a mi computadora. Primero me comenzaron a llegar un montón de solicitudes de no sé qué, pop ups que no había visto en mi vida, en fin. Yo desesperada tratando de regresar todo a la normalidad y mis padres, habiendo concluido su pausa de media hora, querían volver al camino y yo, desesperada, sin saber qué hacer.

Durante ese tiempo, no sé cómo se habían agenciado herramientas para sacar los neumáticos del auto y meterlos en agua para refrescarlos. Hasta que terminaron y ya estábamos listos para seguir, yo ya tenía la firme convicción de que tendría que formatear mi computadora, perdería todo lo que había escrito del viaje hasta ese momento – sin mencionar que no podría escribir nada más – y que había sido un error garrafal elegir un antivirus gratuito por sobre un antivirus decente. (Por cierto, que los que no quieran cometer este error siéntanse libres de hacer clic aquí para ir a la página de Norton, mi nuevo antivirus).

Y es por eso que ahora escribo, aunque sea, la única anécdota que se pudo relacionar con mi afición tecnológica. De cualquier modo, ya nos hacía falta pasar un tiempo sin electricidad… creo.